watch your six
Hora de partir
Come away, O human child!
To the waters and the wild
With a faery, hand in hand,
For the world's more full of weeping than you can understand.
To the waters and the wild
With a faery, hand in hand,
For the world's more full of weeping than you can understand.
(William Butler Yeats, The Stolen Child)
Cosas que hice cuando estaba vivo.
Había estado engañándome a mí mismo, tratando de olvidar que la fecha límite se acercaba. Y al fin me vi confrontado con la realidad. El consejero me abordó una tarde y me lanzó el discurso que yo había tratado de eludir un día tras otro.
—Bien caballero, el plazo ha terminado. Creo que ha tenido tiempo suficiente para pensar acerca de lo que le dije, y de paso, para holgazanear en la sala de espera, escribiendo en eso que usted llama su blog. Pero la hora de pasar al otro lado ha llegado. Y debe usted decirme cuál es su decisión definitiva, a saber, qué recuerdo único ha escogido para que le acompañe por toda la eternidad (*) ¿Ha hecho ya su elección?
No había escapatoria. Había repasado una y otra vez mis recuerdos, y cada vez que creía haber encontrado el más valioso, el que me acompañaría para siempre, cambiaba de opinión y recordaba otro evento que me parecía mejor. Y así iba saltando de un recuerdo a otro, sin acabar nunca de decidirme.
Aunque aún continué por algún tiempo con la pretensión de encontrar el acto puro, el recuerdo perfecto, estaba claro que no me llevaría ninguno, que mi mente viajaría limpia, como una tabla lisa, había sabido desde el primer momento que ninguna memoria sobreviviría a la transición.
El consejero se mostró algo sorprendido por mi decisión, aunque me confesó que no era la primera vez que veía a alguien escoger esa opción singular.
—¿Y qué les dirá en el otro lado cuando le pregunten por su recuerdo elegido?
—Les diré…
El consejero me miraba expectante, con curiosidad y cierta fascinación por haber encontrado a alguien que quería borrar todos sus recuerdos, que era como decir toda su existencia anterior.
—Les diré que no hay nada valioso de verdad, nada realmente importante; que todo es apariencia y todo está sujeto a desaparición; que tras haber visto el mundo y todas sus caras, mis ojos tienen ya la mirada de las mil yardas; que los mortales sólo somos sombras y ceniza, sólo sombras y ceniza.
Y así fue. Partí con mi moneda en la boca, y cuando en la orilla oscura me preguntaban por mi pasado, eso es lo que contaba. Pero añadía:
—No tengo recuerdos, aunque a veces…
—¿Sí? ¿A veces…?
—A veces, cuando estoy a punto de dormirme, en el instante que precede al primer sueño, se me aparecen algunas imágenes deshilvanadas. No sé si son recuerdos o sueños, pero algunas de esas visiones se repiten. Veo un viejo piano oscuro, vertical, no muy bien afinado; veo una gran estantería llena de gruesos libros, muchos libros; y veo ante mí la faz redonda de un gato, un gran gato atigrado que duerme. Pero intuyo, justo antes de quedarme a mi vez dormido, que el gato está a punto de abrir los ojos, muy, muy despacio, y mirarme fijamente con sus pupilas verticales…
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(*) De Wandafuru raifu ("Afterlife"), de Kore-Dea Hirokazu, 1998
Familia
So don't bother me, man, I ain't got no time
I'm on my way to see that girl of mine
'Cause nothing matters in this whole wide world
When you're in love with a Jersey girl
I'm on my way to see that girl of mine
'Cause nothing matters in this whole wide world
When you're in love with a Jersey girl
(Tom Waits, Jersey Girl)
Cuando estaba vivo estuve casado en alguna o varias de mis anteriores reencarnaciones, no sabría decir en cuántas o cuáles.
La gente por aquí, en esta especie de salle d'attente donde parece que estamos sólo de paso, me suele preguntar qué tal me fue, si debieran plantearse el matrimonio en caso de ulteriores reencarnaciones. Conversaciones con un cierto tono macabro considerando nuestra situación, pero yo no tengo pelos en la lengua y les doy mis opiniones. Opiniones de varón, ya que nunca me he reencarnado en mujer. Parece que hay una ley cósmica por la que cada quien se reencarna siempre con el mismo sexo (con la amplitud que el término permite). Hay dos cosas que no cambian durante esas transiciones: el sexo y el momento de inercia. (Gracias, caballero. Habrá un turno de preguntas al final).
Y me dicen cosas como «bueno, ya que tienes experiencia en la materia, ¿qué cualidades te parecen importantes en una potencial esposa?» Y yo siempre contesto lo mismo. Tres cosas: sentido del humor, higiene y conversación. Los adolescentes suelen valorar más otros aspectos, es comprensible. Pero créanme, con sentido del humor, higiene y conversación el resto es irrelevante.
Recuerdo que estuve casado con una ni delgada ni triste, y lo mucho que nos reíamos oyendo las cosas que decían los periodistas en la televisión. El constante uso de muletillas, con frecuencia mal empleadas, era para nosotros causa de gran regocijo: Pavoroso incendio, asestar puñaladas, amasijo de hierros, restañar heridas, (¿Qué coño es «restañar»? ¿Acaso existe esa palabra?) peinar la zona… etc. etc.
Simples en nuestros gustos gastronómicos, compartíamos, por ejemplo, una olla de alubias pintas con oreja mientras veíamos telediarios, con resultados demoledores. Hábitos sencillos, placeres simples, un hogar feliz donde faltaban risas de niños, sean los dioses eternamente loados por ello.
Estábamos muy bien acoplados. Cuando digo esto la gente cree que estoy a punto de hablar de sexo. Pero no. Me refiero a que nos pasaba como a esas chicas que viven juntas y terminan por sincronizar sus ciclos menstruales. Cuando yo tenía cefalea, ella también. Dolores abdominales, lo mismo. Tampoco era de extrañar, con tantas alubias pintas con oreja. Nunca llegamos a presentar abdomen agudo a la vez. Haber sido operados de apendicitis en quirófanos paralelos hubiera sido de un nivel sólo reservado a las élites. Yo me libré del quirófano pero ella no. La perfección no existe.
Y era muy limpia. Por ejemplo, se cortaba las uñas de los pies en el cuarto de baño. (—¿Dónde si no?— me preguntareis. Pues bien, hay gente que se las corta en cualquier parte). Y le pasaba lo de siempre. O un problema de queratinización o unos alicates inadecuados y… ¡ping! allá va la uña. No es que cayera en algún sitio: desaparecía. Entonces usaba técnicas de la policía científica: con una linterna Maglite que le regalé, azul metalizado, pasaba por el suelo un fino rayo de luz horizontal que hacía destacar las alargadas sombras de pequeños objetos. ¡La uña! Y también más cosas. Concretamente todos los residuos de mugre que se acumulan entre una pasada de mocho y la siguiente: Pelusas, uñas (de episodios anteriores), y por los rincones, monedas. Siempre de cinco céntimos. ¿Por qué? ¿Por qué?
Y teníamos largas conversaciones sobre casi cualquier tema. Por ejemplo, ¿es lo mismo roto que descosido? Mucha gente, sobre todo varones de la generación de los babyboomers cree que sí, pero una buena charla ilustrativa nos permitía alcanzar el conocimiento. Un descosido se puede recoser, pero un roto hay que zurcirlo (por dios, que nadie me pregunte ahora la diferencia entre recoser y zurcir) y hoy en día es casi imposible encontrar una buena zurcidora. («¿Por qué "zurcidora" y no "zurcidor o zurcidora"?» pregunta la feminista que siempre está presente en cualquier charla, al acecho de una violación de la neutralidad de género). Me canso, miembros del jurado, me canso. Cambio el enfoque.
Y así transcurría pacíficamente nuestra existencia, hasta que un buen día, la muerte nos reclamó. Por suerte, de forma simultánea.
De modo que, en conclusión, sí, recomiendo el matrimonio, siempre que se den las condiciones indicadas. Todo lo demás es poesía y películas de Hugh Grant.
El tiempo se detiene en Park Slope
But if I had a magic wand to wave
I'd send a dove to catch your love
and I'd send a blackbird to steal your heart.
and I'd send a blackbird to steal your heart.
Cosas que hice cuando estaba vivo.
Ahí viene. El cuello envuelto en una bufanda que más parece una manta. Una boina de lana a juego. Avanza pálida, contra el viento helado que nos trae ese frente invernal; las manos en los bolsillos; el gesto contraído por el frío.
Se acerca como de costumbre al kiosco de prensa a por esa revista que compra todas las semanas, una revista de jardinería. ¿Para qué querrá una revista de jardinería si su apartamento apenas tiene espacio para un par de macetas? Seguramente le gustan las plantas, sueña con tener un día una casa con jardín.
Me acerco, también como de costumbre, y pido la revista de aeromodelismo. Nos miramos con un gesto contenido de reconocimiento y una leve inclinación de cabeza. Me sabe vecino suyo. ¿Se ha detenido el tiempo? ¿Qué pensará de mí? «Creepy stalker» es seguramente el apodo que me ha asignado.
Se dirige a recoger su coche en el aparcamiento donde suele dejarlo, junto al viejo cine abandonado. La veo alejarse, el largo abrigo sacudido por el viento, esa forma característica de andar, como dando pequeños saltitos a cada paso. Recuerdo que al principio pensé que cojeaba.
Philip Wilson Steer, Young Woman on the Beach, 1886-88
Musée d'Orsay, Paris
Musée d'Orsay, Paris
De pronto se da la vuelta y me ve observándola. El tiempo se detiene. Me siento avergonzado, como sorprendido haciendo algo impropio. Creepy stalker, seguro. Desvío la mirada y me doy la vuelta en dirección al metro de la calle 15.
Ya en el metro, hojeando la revista veo en la tercera página un anuncio de un dron muy barato. ¿Y si meto un dron revoloteando por la ventana de su cocina y dejo caer un cactus? ¿O una planta carnívora? Señor, qué difícil es todo esto. Y más aun en Park Slope. Y en invierno.
Dos tonos de verde
But I'm so guilty of wearing my heart like a scarlet gown
Sparkling in the lights for everyone to see
Sparkling in the lights for everyone to see
(Callie Crofts)
Cosas que hice cuando estaba vivo.
Al regreso de un viaje en Mayo por la Tierra de Campos, estoy limpiando de barro y otros restos rurales mis ajados zapatos de monte, usando para ello un cepillo de plástico muy sólido comprado en Laos años atrás. Este dato es real.
Al pasar el cepillo por el cordaje, cae al suelo un minúsculo objeto que resulta ser una semilla. Al día siguiente se lo llevo a mi asesora de imagen —que también sabe de ciencias naturales— para que la identifique.
La observa empuñando una lupa enorme. Espero que sea centeno, más literario, pero dice:
—Es trigo.
Levanta la cabeza y me mira por encima de sus gafas de presbicia.
—Qué, ¿ya te has vuelto a meter en un campo de trigo?
Me siento como un niño tratando de justificar alguna travesura.
—Es que tuve que cruzar un sembrado para llegar hasta una ermita rupestre —me mira con gesto de desaprobación— pero lo hice por una linde, entre dos campos de diferentes cereales—. He improvisado excusas mejores, pero se trabaja con lo que se tiene.
Regreso allí preparado, con todo lo necesario. Un punto singular, una linde, entre dos campos, entre dos tonos de verde, brillantes de sol; tratando de no pisar ni una planta, las manos extendidas recogiendo telarañas. Y esas olas que el viento forma en el cereal bien crecido. Puedo morir aquí perfectamente. Es un privilegio poder escoger el lugar.
[digresión] Sólo se oyen unas voces lejanas allá en una casa en el fondo del valle. Y el silbido del viento. Pienso si podría aparecer por allí un vehículo, aunque sería muy improbable entre aquellos sembrados de la Tierra de Campos. Además había una buitrera cerca, y entre unas cosas y otras… Por no hablar de la falta de cobertura… [fin de la digresión].
L.A. Sunset
Oh, Mama, can this really be the end
Cosas que hice cuando estaba vivo.
Tumbado en la espaciosa cama de dos por dos metros, sin fuerzas para levantarme. Miro el reloj. Dice que son las siete de la tarde, pero no estoy seguro de haber ajustado el huso horario. Un mando situado sobre la mesilla me permite descorrer las cortinas del gran ventanal curvo. Un panorama irreal se despliega ante mí. La vista hacia el Este desde la planta veintisiete del Westin Bonaventure a la hora de ponerse el sol. Las dos torres de granito marrón pulimentado del Wells Fargo Center; entre ambas, el reflejo perfecto del sol poniente, como un faro, en la fachada cilíndrica de cristal azul del One California Plaza. Una visión cegadora. Me siento como un actor en el escenario bajo esos focos crueles que alguien se empeña en apuntar a mis ojos.
Empiezo a sentirme mareado. Tengo la frente muy caliente y estoy sudando. Los médicos de Salt Lake ya me dijeron que el virus no era fácil de erradicar del todo. Pienso en llamar a recepción y pedir un médico pero me parece excesivo. Lo que hago es vestirme y salir apoyándome contra las paredes en aquel laberinto de pasillos. El ascensor transparente se abre ante el abismo del atrio central del hotel. A la gente le parece muy excitante pero a mí sólo me produce náuseas.
Salgo a la calle Figueroa, vacía de peatones, como es normal en todo el downtown de Los Ángeles y en seguida encuentro una farmacia. La dependienta, que habla el español perfecto y cálido de los mexicanos, me da el termómetro que le pido y curiosamente, también un frasco de cápsulas de aciclovir que en otros paises me hubiera costado conseguir días y días de burocracia.
Regreso al hotel. En el ascensor, una pareja de recién casados, algo achispados, imitan poses y gestos que han visto en el cine. Me sonríen. Les digo «May the Force be with you». Se parten de la risa. Me agarro a la barandilla de metal para no caerme al suelo mientras intento no mirar al vacío del atrio que se aleja a toda velocidad, como si estuviera en una nave despegando de Cabo Cañaveral.
En la habitación me mido la temperatura. 102.8 grados. Perfecto. He superado la temperatura de ebullición del agua. Mierda. Son grados Fahrenheit. Miro la equivalencia en internet. Oh no. Son casi 40 grados. Para cuando me doy cuenta estoy en el suelo, patas arriba como una cucaracha sobre la moqueta, sin poder moverme ni alcanzar el teléfono. Consigo sacar el móvil y marco el 112. Señal de número desconocido. ¿Cuál es aquí el número para emergencias? Lo recuerdo por una asociación de ideas. Porsche. 911. Pero no llego a marcarlo. Antes de poder mover la mano comprendo que no morimos una vez, sino muchas. Esta del Westin es sólo una más de ellas. No es mal sitio. El hotel necesita una reforma, pero mantiene su status. Mucho peor sería, por ejemplo, una trinchera en el Marne en 1914.
El sol reflejándose en el One California Plaza ilumina mís últimas reflexiones, inútiles, con ese sabor a lo que sucede demasiado tarde, pero con una curiosidad creciente, porque ahora ya sí, ahora ya sé que apareceré en otro sitio, puede que terrible, puede que maravilloso, y la expectación me hace temblar como un niño a punto de entrar a la sala de cine a ver esa película por la que ha estado esperando tanto tiempo.
Wonderwall
There are many things that I would like to say to you
But I don't know how
Cosas que hice cuando estaba vivo.
Noche. Oscuridad. El nido, la fortaleza de mi cama infantil. Cerca duermen mis hermanos menores. Demasiado pequeños para entender.
Pero mi oído atento no pierde detalle. Los sonidos, los conozco muy bien después de tanto tiempo (¿tánto tiempo?). Me puedo tapar los oídos y amortiguarlos, pero aún así los reconozco.
Puedo intentar dormirme. Lo he hecho en muchas ocasiones, pero no sirve de nada. Y si no puedo dormir, puedo escapar. Viajar. Al lugar donde los brazos se abren, la música suena, las lágrimas fluyen sin vergüenza, todo lo que quiero me espera, la pequeña Emma, el pais donde nunca hace frío, donde Glinda me dice que todo terminará bien. Un día de estos.
Estaba convencido de que mi familia era ficticia. Mis padres y mis hermanos no eran tales. Eran falsos, copias perfectas colocadas ante mí para engañarme. Yo había tenido una familia como aquella, pero hacía tiempo que todos habían sido sustituídos por réplicas indistinguibles. Entonces no lo sabía, pero aquella sensación era un mal presagio. Muy malo.
Los médicos les contaron a mis padres una historia que no entendían, y a partir de entonces ya no sabían cómo debían tratarme. ¿Me había convertido en un peligro para ellos? ¿Para mis hermanos? ¿Seguía siendo su hijo, el que ellos habían conocido y criado?
Hay algo peor que estar loco: saber que lo estás. A los psiquiatras nada les sorprende, todo les parece posible. ¿Se puede ser bipolar y esquizofrénico a la vez? Por supuesto. El cerebro es como un viejo electrodoméstico averiado de comportamiento imprevisible.
Y hay algo que recuerdo de los años que vinieron a partir de entonces. Era la certeza —que a mí me parecía perniciosa, porque hacía problemática mi curación— de que los momentos de exaltación, en que todo era posible y todos los obstáculos desaparecían, me compensaban de los otros momentos, los del abatimiento y la depresión. Y cuando me volví estable, sin motivo aparente, sólo por el paso de los años, seguí añorando aquellos periodos, a veces de meses, en que podía vislumbrar el cielo, aunque ahora sé que eran sólo errores en los neurotransmisores, disparos endocrinos, química del cerebro.
Aun hay días en que me acuesto y, segundos antes de quedarme dormido, en ese lugar mágico donde los sueños ya han comenzado aunque todavía estamos en vigilia, me pregunto, con un interés sólo relativo, si cuando despierte seguiré siendo la misma persona o me habré convertido en otra distinta.
Pero mi oído atento no pierde detalle. Los sonidos, los conozco muy bien después de tanto tiempo (¿tánto tiempo?). Me puedo tapar los oídos y amortiguarlos, pero aún así los reconozco.
Puedo intentar dormirme. Lo he hecho en muchas ocasiones, pero no sirve de nada. Y si no puedo dormir, puedo escapar. Viajar. Al lugar donde los brazos se abren, la música suena, las lágrimas fluyen sin vergüenza, todo lo que quiero me espera, la pequeña Emma, el pais donde nunca hace frío, donde Glinda me dice que todo terminará bien. Un día de estos.
Estaba convencido de que mi familia era ficticia. Mis padres y mis hermanos no eran tales. Eran falsos, copias perfectas colocadas ante mí para engañarme. Yo había tenido una familia como aquella, pero hacía tiempo que todos habían sido sustituídos por réplicas indistinguibles. Entonces no lo sabía, pero aquella sensación era un mal presagio. Muy malo.
Los médicos les contaron a mis padres una historia que no entendían, y a partir de entonces ya no sabían cómo debían tratarme. ¿Me había convertido en un peligro para ellos? ¿Para mis hermanos? ¿Seguía siendo su hijo, el que ellos habían conocido y criado?
Hay algo peor que estar loco: saber que lo estás. A los psiquiatras nada les sorprende, todo les parece posible. ¿Se puede ser bipolar y esquizofrénico a la vez? Por supuesto. El cerebro es como un viejo electrodoméstico averiado de comportamiento imprevisible.
Y hay algo que recuerdo de los años que vinieron a partir de entonces. Era la certeza —que a mí me parecía perniciosa, porque hacía problemática mi curación— de que los momentos de exaltación, en que todo era posible y todos los obstáculos desaparecían, me compensaban de los otros momentos, los del abatimiento y la depresión. Y cuando me volví estable, sin motivo aparente, sólo por el paso de los años, seguí añorando aquellos periodos, a veces de meses, en que podía vislumbrar el cielo, aunque ahora sé que eran sólo errores en los neurotransmisores, disparos endocrinos, química del cerebro.
Aun hay días en que me acuesto y, segundos antes de quedarme dormido, en ese lugar mágico donde los sueños ya han comenzado aunque todavía estamos en vigilia, me pregunto, con un interés sólo relativo, si cuando despierte seguiré siendo la misma persona o me habré convertido en otra distinta.
Exámenes
I feel at times as though I am living a scholar's nightmare — you know the one, where you are back in graduate school and have just realized that your oral examination is next week but you have not studied at all.
(Amy Leal, Little Boy Lost, The Chronicle of Higher Education, Oct. 2, 2011)
Cosas que hice cuando estaba vivo.
Cuando estaba vivo tenía un sueño recurrente. Hay sueños típicos que al parecer son conocidos por la mayoría de las personas: soñar con ser perseguido, o con volar, o con la sensación de caída brusca, o soñar que se está desnudo en un sitio público. Mi sueño era otro, y pensaba que era sólo una peculiaridad mía sin explicación, pero con el tiempo, he descubierto que se trata de un sueño bastante frecuente. Puede que alguien que lea esto lo reconozca. El sueño, con ligeras variantes, suele discurrir así:
Soy estudiante, universitario, es primavera. Descubro que falta poco para un examen decisivo del que depende mi continuidad en la universidad. Pero no he asistido a las clases en todo el curso, no he estudiado nada, no tengo preparado el examen en absoluto. En medio de un intenso terror calculo si aun me queda tiempo para prepararlo. Pido ayuda a otros compañeros de estudios para que me dejen apuntes o notas, y ellos me reprochan mi dejadez, lo que aumenta mi sensación de culpabilidad. Además suele haber algún otro problema: un trabajo accesorio o práctica que debía haber realizado a lo largo del curso, pero no lo he hecho.
En el momento de mayor angustia me despierto. Durante un par de segundos el recuerdo del sueño se mantiene y el terror sigue vivo. Luego vuelvo a la realidad, y descubro, con una mezcla de sorpresa e intenso alivio, que hace años que terminé mis estudios y me gradué. Conseguí un empleo, estuve trabajando un montón de años y ahora estoy jubilado. Hace años que estoy jubilado. Caigo en la cuenta de mi edad y ahora una nueva clase de terror se apodera de mí, cuando recuerdo que dentro de no mucho ese sueño recurrente dejará de tener importancia porque lo habré olvidado todo. Ayer me diagnosticaron una enfermedad neurológica degenerativa que se llevará por delante no sólo mis recuerdos, sino también mi vida.
En el momento de mayor angustia me despierto. Durante un par de segundos el recuerdo del sueño se mantiene y el terror sigue vivo. Luego vuelvo a la realidad, y descubro, con una mezcla de sorpresa e intenso alivio, que estoy muerto, llevo varios años muerto. Mejor estar muerto que el miedo a fracasar en un examen o a perder la memoria. Para celebrarlo decido escribir un blog. ¿Me permitirá Blogger dar de alta un usuario en mi estado? Vamos a verlo. Resulta que sí, al crear la cuenta de Blogger me preguntan muchas cosas, pero no si estoy vivo. ¿Cómo se les ha podido pasar por alto?
Second Life
Sentenced to drift far away now,
Nothing is quite what it seems,
Sometimes entangled in your own dreams.
Nothing is quite what it seems,
Sometimes entangled in your own dreams.
Cosas que hice cuando estaba vivo.
A veces, por la noche, tarde, muy tarde, cuando ya todos estaban dormidos y nadie notaba mi ausencia, iba hasta el salón y silenciosamente conectaba el laptop. Tomaba la precaución de anular el sonido para evitar que se oyera ese jingle sintético que anuncia el arranque de Windows. Conectaba los auriculares y entraba en internet.
Veía muchas cosas, aunque siempre solía acabar en los mismos sitios, principalmente en YouTube. Encontraba allí músicas del pasado y otras más recientes que a veces me sorprendían gratamente, a pesar de que siempre me he inclinado por el clasicismo, antiguo o moderno. ¿Hay un retorno a la adolescencia con el paso de los años? Quién sabe.
Y otras veces contemplaba vídeos publicados por algún vlogger, personas anónimas, de mirada perdida, fija en la cámara plantada en la soledad de sus habitaciones. Y me hablaban de sus vidas. Una extraña relación asimétrica.
Me intrigaba descubrir que me interesaban, que a veces me conmovían, que vivía sus días como se vive la ficción de una novela absorbente de la que no podemos apartar la vista. Una mezcla de voyeurismo y vida paralela. Descubrí que podía tener sentimientos hacia personas a las que nunca he visto y a las que nunca veré.
La gente me decía: «Estás loco, hay un mundo real además de internet, un mundo real ahí fuera». Y yo pensaba: «Es verdad, pero ese mundo real de ahí fuera lo conozco ya muy bien, demasiado bien. Y sigue sin gustarme».
Dice una conocida vlogger en uno de sus vídeos: «Lo siento, no puedo ser todo lo que quieres que sea para tí». Es verdad. Pero también lo es que hay otra vida, la que estaba descubriendo a la vez que inventando en la realidad paralela de la red. Second Life.
Zombi
Will you still love me
when I'm no longer
young and beautiful?
when I'm no longer
young and beautiful?
Cosas que hice cuando estaba vivo.
A veces veía películas o series de televisión de zombis. Ya sabéis, zombis, muertos vivientes, esos que andan despacio, con los brazos extendidos hacia adelante y cara de no gozar de buena salud. Y me preguntaba por qué, a pesar de su escasa velocidad y de lo mucho que corría el protagonista, el zombi siempre acababa por alcanzarle. Es cierto que los guionistas recurrían a efectos de factura muy grosera: el protagonista huía por el bosque y de pronto tropezaba en sitios donde ni yo lo haría, y caía al suelo mientras el público gritaba silenciosamente que se levantara y continuara corriendo. Y en vez de eso, se quedaba allí sentado frotándose el tobillo dolorido y mirando hacia atrás, por donde, naturalmente, el zombi se aproximaba con su cansina velocidad de crucero hasta darle alcance.
Los que hayan seguido el discurrir de este blog sabrán que estoy muerto pero con ciertos grados de libertad. Ando a velocidad normal, incluso a veces me apresuro en los pasos de cebra; cuando me miro al espejo no veo mucho glamour: algo desmejorado, eso sí, pero no como para asustar a los niños; y no voy por ahí con los brazos extendidos: llevo las manos en los bolsillos, o bien braceo con cierto donaire, un estilo sporty, casual, ya sabéis a lo que me refiero.
Y lo que más miedo me da es que, tras esta especie de sala de espera en un estado intermedio, acabe por reencarnarme en otra persona, como sugieren algunas filosofías orientales. Eso sí que acojona porque, de ser así, ¿dónde me reencarnaré? Convendréis conmigo en que la mayoría de los posibles lugares que se me ocurren son cuando menos inquietantes. Y no es lo peor el «dónde», sino el «cuándo». Las posibilidades aquí son todavía más pavorosas.
Así que espero que tenga razón Nick Bostrom al afirmar que, de acuerdo con simples deducciones estadísticas, lo más probable es que estemos viviendo en una simulación virtual que reside dentro de un super-ordenador. Este concepto da para otro comentario todavía más interesante, así que lo dejo para otro momento. Si sigo muerto dentro de un año, prometo hablar de ello.
Botón rojo
"Entonces respondió Yahveh: Si hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, por ellos perdonaré a todos los que viven allí." (Génesis, 18:26)
Cosas que hice cuando estaba vivo.
Solía elucubrar con pensamientos mezcla de filosofía y ciencia-ficción, tales como: «Si fuera un extraterrestre con superpoderes y tuviera a mano un botón rojo que pudiera hacer desaparecer a la raza humana ¿qué haría? ¿apretarlo o dejar pasar algo más de tiempo?»
Y lo inquietante era que a ratos pensaba que apretaría el botón rojo sin dudarlo; pero apenas unos instantes después pensaba que no, que quizá, sólo quizá, debía esperar un poco más, dar a las ciegas hordas dependientes de mi gesto otra oportunidad.
Pismo Beach Disaster Relief
"Los polos se derriten, Leonard. En el futuro saber nadar podría no ser opcional"
(Sheldon Cooper, "The Big Bang Theory", Warner Bros. Television)
Cosas que hice cuando estaba vivo.
Solía nadar. En el mar. Y eso es lo que estaba haciendo aquella tarde. Estaba nadando de regreso a la playa cuando observé algo que al principio me pareció un despiste mío: estaba cada vez más lejos de la costa. Nadé otro poco y volví a comprobarlo. No había duda, me estaba alejando mar adentro.
En una reacción producto del miedo empecé a nadar con más fuerza hacia la costa. Pero en seguida me detuve. Estúpido, estúpido, nadar solo, tan lejos de la playa y dejarse llevar por el pánico. Un error detrás de otro. Lo que debía hacer era calmarme, quedarme flotando y ver si con suerte alguien, alguna barca aparecía por allí. Pero pasaba el tiempo, no se veía a nadie y empecé a pensar que ahí se iba a acabar la historia.
Cuando la chica asomó la cabeza fuera del agua un par de metros ante mí me dio un buen susto. No sabía de dónde había salido y mi primera impresión fue que se trataba de algún animal marino.
—¿Cómo estás?— me gritó.
Por un momento creí que me saludaba, tal era mi desconcierto. No. Me preguntaba por mi estado, allí perdido, en medio del mar.
—Bien pero muy cansado.
Se acercó. Recuerdo detalles sueltos. Pelo muy corto, gafas de natación, piel muy tostada por el sol, un bañador rojo. Parecía de constitución fuerte. Y un detalle onírico: llevaba un Seamaster en la muñeca izquierda.
—¿Puedes nadar?— preguntó.
—Creo que sí.
—Mejor, porque no creo que pueda arrastrarte. Escúchame bien. Vamos a nadar juntos. Nada muy, muy despacio. Si te cansas para un par de minutos, ponte boca arriba, echa la cabeza hacia atrás. La boca siempre fuera del agua. ¿Preparado?
Cuando vio que yo me orientaba hacia la playa me gritó:
—¡No, no, a la playa no, vamos hacia el faro!— El faro estaba mucho más lejos y más hacia el norte que la playa. Vio que yo iba a decir algo pero me interrumpió:
—Las corrientes, las corrientes. Tu nada hacia el faro, concéntrate en el faro.
Empezamos a nadar hacia el pequeño cabo donde sobresalía el faro con su torre pintada de bandas blancas y negras. Nadábamos despacio, yo marcaba un ritmo lento que podía sostener sin demasiado esfuerzo. Hice lo que suelo hacer para mantener la cadencia. Tararear mentalmente una canción que se acople al ritmo.
…I have loved you for a thousand years
I'll love you for a thousand more…
Cuando cogía aire por la derecha, por donde nadaba ella, podía verla como en fotogramas sueltos. Era muy alta, con el tipo de anatomía que moldea la natación intensiva. Avanzaba sin esfuerzo aparente, respirando de forma alterna por los dos lados, sin apenas agitar el agua, desplazándola como la proa de un destructor.
Empecé a notar como si tuviera los pies metidos en un cubo de agua helada. Tenía frío en la nuca. Me detuve y me quedé flotando. Ella avanzó un par de brazadas y se dio la vuelta.
—Me estoy quedando frío.
—No te detengas, tienes que aguantar y seguir moviéndote, aunque sea despacio. Mira, ya estamos muy cerca.
Miré hacia el faro y vi que tenía razón. Ahora lo veía mucho más cercano. Seguramente alguna corriente nos empujaba. Me dispuse a continuar pero entonces oi un estruendo y el mar se llenó de espuma a mi alrededor. Había algo sobre nosotros. Levanté la vista. Era un helicóptero inmóvil veinte metros por encima de nuestras cabezas. Cuando aun estaba sorprendido, apareció a nuestro lado una zodiac roja bastante grande donde se veía a tres hombres. Dos de ellos me cogieron uno por cada brazo y me sacaron del agua de un tirón. Y por la borda contraria subieron a la chica. Nos quitaron los bañadores sin contemplaciones y nos envolvieron en lo que parecía una manta de plástico de tacto extrañamente templado.
—¿Has tragado agua?— me preguntó uno de ellos.
—No, no, sólo estoy cansado.
Sacó de una pequeña nevera lo que parecía un rotulador y me lo clavó en un hombro.
—Es para la hipotermia. Verás que bien te sientes— Me acercó un termo. —Bebe esto. Es café con leche. Está un poco caliente.
Lo probé y no sabía a café. Seguramente tenía sal en la boca. Y tampoco estaba caliente.
Tumbados sobre el fondo de la embarcación, envueltos en aquellas mantas, la chica y yo parecíamos un par de rollitos de primavera. Se cruzaron nuestras miradas, la suya seria e inexpresiva, yo demasiado cansado para pensar qué cara poner o qué decir.
Cuando llegamos a la playa junto al faro había un despliegue de vehículos iluminados en representación de todos los servicios de emergencia conocidos. Nos pasaron a sendas camillas, a pesar de mi intento de ponerme de pie. No sé qué me habían inyectado pero para entonces me sentía como para volver a echarme al agua.
En el hospital me dijeron que sólo querían tenerme en observación, hidratarme con suero y esperar a que se me pasase el efecto de la inyección. Y así, al cabo de unas horas me dieron el alta. Me sugirieron pasar la noche en el hospital para mayor seguridad pero preferí marcharme.
Me llevaron hasta la puerta en una silla de ruedas y al pasar por la entrada pregunté a la enfermera de recepción por la chica.
—Está muy bien. Le dieron el alta y se fue a casa.
Pregunté quién era pero me dijeron que no podían darme información personal de los pacientes.
Quería tener tiempo para pensar en todas las preguntas sin respuesta, ¿cómo me encontró en medio del mar? ¿cómo es que llegaron tan pronto los guardacostas? Pero cuando salí del hospital había ya gente esperándome y no pude pensar mucho más.
* * *
En los días que siguieron pregunté por la chica aquí y allá y lo único que recibí fueron respuestas confusas. Algunos decían conocerla, sabían dónde vivía, parece que estaba pasando unas vacaciones en una casa del pueblo. Pero en la casa no había nadie que respondiera a su descripción. Otros decían que nunca la habían visto. Al final recurrí a la policía local. Expliqué que quería al menos darle las gracias ya que me había salvado la vida. Pero lo que me dijeron terminó por confundirme.
La policía había tratado también de localizarla para hacer un informe del incidente y lo que se habían encontrado es que la chica había desaparecido y que estaba reclamada por la Interpol acusada del asesinato de su marido.
Mi sorpresa fue mayúscula. Todo aquello parecía sacado de una novela de misterio barata. Di por sentado que nunca sabría nada más de ella. Y entonces pregunté, tenía que hacerlo:
—¿Y se sabe cómo murió su marido?
Broken Wing
Because maybe, you're gonna be the one that saves me
Cosas que hice cuando estaba vivo.
Llegaste en un atardecer, como un cuervo con un ala rota, como en la canción…
No sabía qué hacer, no sabía cómo debía tratarte. Desconfiabas de la gente, como suelen hacerlo los animales salvajes, seguramente con razón. ¿Cómo explicar que sólo quería curarte, que no era una amenaza? Tu instinto de huir era más fuerte que el dolor de tus heridas. Pero al final cediste al agotamiento —que sea lo que tenga que ser— parecías pensar —ya no tengo más fuerzas…
Te fuiste recuperando, cada día más fuerte, también con algo más de confianza en mí, pero manteniendo siempre esa distancia con la gente que no te había tratado bien, gente de la que seguramente, ya nunca te volverías a fiar.
Y una mañana, ya no estabas. Continuaste el viaje, si es que de un viaje se trataba, y sólo quedó la sensación, cada vez más difusa, de tu paso por mi refugio.
Y pasó el tiempo, y se perdió tu memoria y tu rastro desapareció.
Y ahora, de pronto, a través del espacio y del tiempo, me llega la noticia de que ya no estás. Te abatieron por segunda vez, esta definitiva, y ya no volviste a remontar el vuelo. Los recuerdos acuden a la llamada y vuelvo a verlo todo como si fuese ayer.
Miro por el retrovisor y veo el Focke-Wulf a pocos metros detrás de mi cola. Hago toda clase de maniobras intentando desviarme de su trayectoria pero en vano. Es un buen piloto. Está tán cerca que no me puede encuadrar en su colimador de tiro. Levanta el morro para frenar y se aleja lo suficiente para apuntarme. Veo las llamaradas en sus cañones de 20 milímetros y oigo las secas detonaciones de los disparos. Siento como si estuvieran golpeando mi fuselaje con un martillo. Son los impactos. El cristal de la cabina se tiñe de negro. Escapes de aceite y de glicol. Pierdo la visión. Sale fuego por debajo del panel. Veo a los lados cómo las alas se pliegan y se desprenden con un crujido de madera astillada. La aceleración es tán fuerte que no puedo soltar el arnés. Entro en una caída libre en espiral. Se que es el fin.
Y en este mundo de sombras por donde me muevo, quiero creer que vagas, aunque no se dónde. Aquí apenas nos comunicamos unos con otros. Nos cruzamos ignorándonos como si no quisiéramos recordar, tratando de borrar a un tiempo lo que fue y lo que pudo haber sido.
Creo que andas por aquí, y que te he perdido otra vez, porque nuestra memoria se va debilitando y ya apenas te reconocería, pájaro errante, pájaro herido, abatido de nuevo, perdido para siempre.
Last Chance Gas Station
…if you dare come a little closer
Cosas que hice cuando estaba vivo.
El demiurgo que pone orden en todas las cosas hizo que le asignaran a Celia una mesa contigua a la mía.
Era una mesa caótica. Celia era desordenada, prefería los manuales en papel, al contrario que los novatos, que usaban CDs y memorias flash. Si trabajara por libre sería de los que tienen en una estantería a la vista una edición del Aranzadi.
Eras las cinco y media de un viernes. La mayoría se apresuraba a cerrarlo todo y salir corriendo. Excepto algunos, yo entre ellos, que no tenían prisa por volver a casa, o no tenían a nadie que les estuviera esperando. O simplemente preferían dejar todos los asuntos liquidados, en vez de tener que encararlos el lunes a primera hora.
Me acerqué a la mesa de Celia. Recogía cosas a toda prisa. Se marchaba para una asignación de varios meses. No volvería hasta después del verano.
Me senté en el borde de su mesa, en lo que pretendí que fuera un gesto desenfadado y casual. Me apoyé en una carpeta que sobresalía, y todo cedió y saltó por los aires. Los manuales, cuadernos, carpetas, folios sueltos, el ratón inalámbrico, el cubito lleno de lápices, una caja de kleenex, el móvil… La taza que le regalamos en su primer año con nosotros (con el logotipo y la leyenda «abandonad toda esperanza») también voló, aunque tuvo la suerte de caer sobre uno de los gruesos manuales y sobrevivir al rebote.
— ¿Ves para lo que sirven los manuales?— Comprobó que el móvil funcionaba. First things first.
Empecé a improvisar excusas, deja, deja, ya te lo recojo yo, aquello era un desastre.
Y de pronto nos encontramos los dos a cuatro patas, bajo su mesa, recogiéndolo todo de cualquier forma. Estábamos muy cerca. Notaba su respiración en mi cara, y un aroma extraño en el que predominaba el olor a canela, quizá un perfume… y con menor intensidad, algo que parecía el aromatizante que suelen añadir a los detergentes.
Allí estaba yo, a cuatro patas y olfateando, como un sabueso. Alzamos el rostro a la vez y quedamos a escasos centímetros, algo turbados por la extraña situación. No pude remediarlo:
—Nunca hemos estado en esta posición ¿verdad?
Nos dio la risa floja y se nos empezaron a caer las cosas.
—Tengo prisa, no hagas el tonto.
—Bien, bien, vamos a recogerlo todo.
—Bien, bien, vamos a recogerlo todo.
Dejamos caer todos los trastos sobre la mesa formando un montón.
—Voy a ordenarlo un poco…
—No, no, déjalo así. Así se va a quedar hasta que vuelva.
—No, no, déjalo así. Así se va a quedar hasta que vuelva.
Se alejó, y de pronto empecé a verlo todo a cámara lenta, aunque sus movimientos eran rápidos. Las imágenes parecían fragmentadas en fotogramas separados, slow motion, y mi mente paralizada incapaz de hacer nada más que observar, como si fuera una película, como el tío de Matrix esquivando las balas.
Con la mano izquierda cogió la chaqueta de cuero del perchero, metió el brazo derecho en la manga, y con esa mano cogió la pequeña mochila. Salió hacia la puerta mientras levantaba el puño izquierdo gritando «Pronto amanecerá, tovarich», jaleada por los que quedaban por allí.
Con mi habitual falta de reflejos, fui al perchero. No estaba mi abrigo. Perdí un tiempo precioso buscándolo y al final corrí al ascensor sin él. La cabina estaba repleta. Me tocó apretujarme con una compañera, que observó: «Tienes algo en la chaqueta, parecen restos de afilar lápices». En efecto, así era, pero lo que yo quería era tiempo para pensar, tiempo para pensar.
Me encontré en la calle. Hacía frío. Ya no era invierno, pero la primavera se hacía de rogar. Entré en la tienda de complementos —accessories, como decían las canadienses— que estaba en el bajo de nuestro edificio. Complementos. Celia había comentado que quería comprar algo antes de irse. La tienda estaba llena de gente, me abrí paso entre los expositores, pero Celia no estaba allí. Volví a la calle. Me quedé paralizado. Los viandantes chocaban conmigo. Avancé hasta el Starbucks, pero tampoco esperaba que estuviera allí, no era su sitio.
El demiurgo que pone orden en todas las cosas estaba considerando borrarme de su lista, por inútil.
Regresé despacio a la oficina. Tengo que encontrar el abrigo o cogeré un resfriado. Continuaría mi vuelta al mundo en solitario, round and around and around, una cierta sensación de ligereza, tán libre, pero tán solo. Pero tán libre.
Kalashnikov
I love rhymin, it's more than a job it's a passion
More than plaques, advances or sponsored fashion
It's a culture, not to be toyed with so the boy spit
rhymes that make your mind go 'Eww' like the smell of boiled shit
More than plaques, advances or sponsored fashion
It's a culture, not to be toyed with so the boy spit
rhymes that make your mind go 'Eww' like the smell of boiled shit
Cosas que hice cuando estaba vivo.
Solía ir a sitios raros. Hay algunas cosas a tener en cuenta cuando se viaja. Cuando se viaja en serio. Quiero decir, no una semana en Praga o en París, sino un mes en un lugar algo más lejano, uno de esos en que la escritura es irreconocible, el régimen político es dudoso y las costumbre locales diferentes. Estoy usando eufemismos.
Por allí las autoridades tiene siempre un resentimiento global hacia la gente del primer mundo. Hay que ser especialmente cuidadosos. Algunas reglas básicas.
No te rías nunca en presencia de alguien de uniforme. Pensará —aunque no sea así— que te estás riendo de él, y las consecuencias pueden ser terribles. Como desconoces la cultura local, nunca sabrás si esa persona de uniforme es un militar, un policía, un guerrillero, o el portero del hotel. Ponte en el caso peor. Por allí no sólo no hay libro de reclamaciones, sino que te puedes encontrar esposado en una comisaría sin siquiera saber qué has hecho mal. Moraleja: Sonríe, pero no te rías.
Yo, por si acaso, cuando veo a uno de uniforme, me dirijo a él llamándole "officer", "commandant", "sir" etc. Y según las latitudes, sus equivalentes en francés. En todas partes chapurrean inglés o francés. No intentes usar el idioma local aunque creas conocer lo básico. Un error en ese terreno puede ser mortal.
En cierta ocasión, pasábamos a pie una frontera. Una larga cola, funcionarios lentos, calor infernal, turistas medio deshidratados. Cuando llegó mi turno hubo una pausa. Hora de comer, me explicó por señas el guardia del puesto de control. No dije nada. Sólo comentarios breves en francés. Sonriendo siempre. El muchacho llevaba un AK-47, y con el seguro quitado. Podía distinguirlo claramente. Cosas que se aprenden viajando.
—Mucho trabajo ¿eh? Cuánto turismo— las manos siempre a la vista. —¿Quiere un cigarrillo, oficial?— Hay que hacerse de menos, nunca ostentación. —Le advierto que el tabaco en mi pais es muy malo. ¿Que soy rico? Qué va. He tenido que ahorrar todo el año para poder visitar su precioso pais— El chico del AK-47 se fuma su Fortuna y al menos saca el dedo del gatillo. —Ah ¿ya podemos pasar? Muchas gracias comandante. Que tenga un buen día.
Detrás nuestro vienen las dos parejas que nos han estado dando el coñazo todo el viaje. Quejándose por todo y haciendo continuas comparaciones de todo lo que veían con su pueblo natal. Seguramente dos parejas de recién casados que no han ido más allá de Ibiza. Y a uno de ellos —gracioso de profesión— se le ocurre hacer un comentario sobre el guardia fronterizo. Los demás se parten de risa. Otra recomendación: En un pais extranjero nunca des por supuesto que no entienden lo que dices. En efecto, el guardia no entiende, pero identifica sin dudarlo el tono y el carácter del comentario. Les indica con un gesto que se aparten de la fila. Coge los pasaportes de los cuatro y desaparece. Me miran con gesto de desesperación. Yo estoy ya al otro lado del control. Y no conocen más idioma que el suyo materno. Experimento un culpable sentimiento de venganza. Les hago un gesto de "tranquilos".
Me cruzo con el guardia fronterizo (Por dios, apunta para otro lado con el puto fusil). Le comento como de pasada —¿Qué pasa, tienen algún problema?— Me mira y sonríe.
—Reténgalos dos horas, no tenemos prisa.
Simultaneidad
Then you love a little wild one
And she brings you only sorrow
All the time you know she's smilin'
You'll be on your knees tomorrow
And she brings you only sorrow
All the time you know she's smilin'
You'll be on your knees tomorrow
Cosas que hice cuando estaba vivo.
Solía rastrear internet en busca de pistas del pasado. Lo escrito en internet persiste, más aun que las pinturas rupestres. Los restos se propagan, se multiplican, y a la larga, sobreviven en algún rincón de la red.
Y allí te encuentro. Y descubro, con un leve sobresalto que la referencia es de 2010. Me detengo un instante para recordar cómo era, dónde estaba yo en 2010, las cosas que escribía en aquel tiempo, en aquel blog.
En aquellos días mi vida circulaba por un valle extraño, y mientras, tú ibas por otro camino, igual de raro, el que encuentro ahora en internet. Y ninguno de los dos sabíamos de la existencia del otro en aquel momento.
Y al ver nuestros pasados simultáneos, nuestra sincronicidad pretérita, noto una ligera tristeza como la que se experimenta al leer sobre una historia ocurrida tiempo atrás, como si fueras un personaje histórico, como si todo ello fuera parte de una biografía caducada, de un tiempo irrecuperable.
¿Cómo no me di cuenta entonces? Tendría que haber notado algo, alguien que me sigue, algo que me observa, una luz que viene del futuro y me atraviesa haciéndome temblar.
No hubo nada, no sentí nada, todo transcurría con normalidad, rutina de 2010. Y ahora, años después, descubro que hubo una conjunción, un cruce inadvertido, estuvimos ahí sin saberlo, hasta puede que coincidiéramos en el parque, bajo el arco, o en el memorial de Lafayette.
Y siento esa conocida sensación de pérdida, esa que vivo cada vez que me encuentro con lo que pudo haber sido, cada vez que el tiempo, ese parámetro anómalo que no admite cambios de signo en las ecuaciones relativistas, me muestra su rostro sonriente, y me dice con su habitual ironía: «¿No eres físico? Pues ya tendrías que saberlo, así es como funciona todo esto.»
Y siento esa conocida sensación de pérdida, esa que vivo cada vez que me encuentro con lo que pudo haber sido, cada vez que el tiempo, ese parámetro anómalo que no admite cambios de signo en las ecuaciones relativistas, me muestra su rostro sonriente, y me dice con su habitual ironía: «¿No eres físico? Pues ya tendrías que saberlo, así es como funciona todo esto.»
post mortem
Do you still see me even here?
The silver cord lies on the ground.
The silver cord lies on the ground.
El médico me despidió cortesmente, pero con esa sequedad propia de los médicos que yo atribuyo a su necesidad de distanciamiento, de defenderse ante la presencia constante del dolor y la muerte.
—Ha tenido mucha suerte— dijo. —Si se hubiera quedado en casa en vez de ocurrírsele pasar por Urgencias, seguramente ahora estaría muerto.
Mi ingreso había tenido lugar tres semanas atrás y en efecto, fue por azar que decidí ir al hospital, ya que los síntomas parecían del todo banales.
Así que me había salvado por los pelos. ¿O no? Porque una idea perturbadora, casi paranoica, de la que no consigo librarme, me dice que aquella tarde no conseguí salir adelante. Realmente morí, y todo esto, todo esto, es sólo lo que viene después.
Después de morir no hay nada, o eso pensaba yo. Desde luego no creo en ninguna de las versiones del Más Allá al uso en nuestra cultura. Pero ¿y si apenas notásemos la diferencia? Quizá lo que pasa es que nos morimos, nuestra vida parece continuar, pero resulta que ya hemos atravesado el umbral. ¿Y si fuera así? En ese caso, todo esto es mundo de ultratumba. Nada muy espectacular, tan cotidiano y a veces tan aburrido como lo era antes. Pero me siguen gustando algunas de las cosas que me gustaban en vida, y que no voy a mencionar. Será que no estoy tan muerto. O como digo, que no hay gran diferencia entre estar vivo o muerto. Ello explicaría por qué hay tánta gente que parece tener la cabeza hueca. ¡Es eso! Lo que les pasa es que están muertos y no se han dado cuenta, como en El sexto sentido. Ahora casi me dan lástima. Ya sabéis a quiénes me refiero. Están por todas partes. Sí, también ese.
Anotaré aquí algunas cosas que puedan quedar por escrito en caso de que mi memoria se desvanezca. Bienvenidos al mundo de las tinieblas. Aunque por lo que veo, aquí también hay bombillas de bajo consumo. Literatura post mortem. Cosas que hice cuando estaba vivo.
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