Second Life


Sentenced to drift far away now,
Nothing is quite what it seems,
Sometimes entangled in your own dreams.


Cosas que hice cuando estaba vivo.

A veces, por la noche, tarde, muy tarde, cuando ya todos estaban dormidos y nadie notaba mi ausencia, iba hasta el salón y silenciosamente conectaba el laptop. Tomaba la precaución de anular el sonido para evitar que se oyera ese jingle sintético que anuncia el arranque de Windows. Conectaba los auriculares y entraba en internet.

Veía muchas cosas, aunque siempre solía acabar en los mismos sitios, principalmente en YouTube. Encontraba allí músicas del pasado y otras más recientes que a veces me sorprendían gratamente, a pesar de que siempre me he inclinado por el clasicismo, antiguo o moderno. ¿Hay un retorno a la adolescencia con el paso de los años? Quién sabe.

Y otras veces contemplaba vídeos publicados por algún vlogger, personas anónimas, de mirada perdida, fija en la cámara plantada en la soledad de sus habitaciones. Y me hablaban de sus vidas. Una extraña relación asimétrica.

Me intrigaba descubrir que me interesaban, que a veces me conmovían, que vivía sus días como se vive la ficción de una novela absorbente de la que no podemos apartar la vista. Una mezcla de voyeurismo y vida paralela. Descubrí que podía tener sentimientos hacia personas a las que nunca he visto y a las que nunca veré.

La gente me decía: «Estás loco, hay un mundo real además de internet, un mundo real ahí fuera». Y yo pensaba: «Es verdad, pero ese mundo real de ahí fuera lo conozco ya muy bien, demasiado bien. Y sigue sin gustarme».

Dice una conocida vlogger en uno de sus vídeos: «Lo siento, no puedo ser todo lo que quieres que sea para tí». Es verdad. Pero también lo es que hay otra vida, la que estaba descubriendo a la vez que inventando en la realidad paralela de la red. Second Life.

Zombi



Will you still love me
when I'm no longer
young and beautiful?
 
 
Cosas que hice cuando estaba vivo.

A veces veía películas o series de televisión de zombis. Ya sabéis, zombis, muertos vivientes, esos que andan despacio, con los brazos extendidos hacia adelante y cara de no gozar de buena salud. Y me preguntaba por qué, a pesar de su escasa velocidad y de lo mucho que corría el protagonista, el zombi siempre acababa por alcanzarle. Es cierto que los guionistas recurrían a efectos de factura muy grosera: el protagonista huía por el bosque y de pronto tropezaba en sitios donde ni yo lo haría, y caía al suelo mientras el público gritaba silenciosamente que se levantara y continuara corriendo. Y en vez de eso, se quedaba allí sentado frotándose el tobillo dolorido y mirando hacia atrás, por donde, naturalmente, el zombi se aproximaba con su cansina velocidad de crucero hasta darle alcance.
 
Los que hayan seguido el discurrir de este blog sabrán que estoy muerto pero con ciertos grados de libertad. Ando a velocidad normal, incluso a veces me apresuro en los pasos de cebra; cuando me miro al espejo no veo mucho glamour: algo desmejorado, eso sí, pero no como para asustar a los niños; y no voy por ahí con los brazos extendidos: llevo las manos en los bolsillos, o bien braceo con cierto donaire, un estilo sporty, casual, ya sabéis a lo que me refiero.
 
Y lo que más miedo me da es que, tras esta especie de sala de espera en un estado intermedio, acabe por reencarnarme en otra persona, como sugieren algunas filosofías orientales. Eso sí que acojona porque, de ser así, ¿dónde me reencarnaré? Convendréis conmigo en que la mayoría de los posibles lugares que se me ocurren son cuando menos inquietantes. Y no es lo peor el «dónde», sino el «cuándo». Las posibilidades aquí son todavía más pavorosas.
 
Así que espero que tenga razón Nick Bostrom al afirmar que, de acuerdo con simples deducciones estadísticas, lo más probable es que estemos viviendo en una simulación virtual que reside dentro de un super-ordenador. Este concepto da para otro comentario todavía más interesante, así que lo dejo para otro momento. Si sigo muerto dentro de un año, prometo hablar de ello.

Botón rojo



"Entonces respondió Yahveh: Si hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, por ellos perdonaré a todos los que viven allí."  (Génesis, 18:26)


Cosas que hice cuando estaba vivo.

Solía elucubrar con pensamientos mezcla de filosofía y ciencia-ficción, tales como: «Si fuera un extraterrestre con superpoderes y tuviera a mano un botón rojo que pudiera hacer desaparecer a la raza humana ¿qué haría? ¿apretarlo o dejar pasar algo más de tiempo?»

Y lo inquietante era que a ratos pensaba que apretaría el botón rojo sin dudarlo; pero apenas unos instantes después pensaba que no, que quizá, sólo quizá, debía esperar un poco más, dar a las ciegas hordas dependientes de mi gesto otra oportunidad.

Pismo Beach Disaster Relief



"Los polos se derriten, Leonard. En el futuro saber nadar podría no ser opcional"
(Sheldon Cooper, "The Big Bang Theory", Warner Bros. Television)


Cosas que hice cuando estaba vivo.

Solía nadar. En el mar. Y eso es lo que estaba haciendo aquella tarde. Estaba nadando de regreso a la playa cuando observé algo que al principio me pareció un despiste mío: estaba cada vez más lejos de la costa. Nadé otro poco y volví a comprobarlo. No había duda, me estaba alejando mar adentro.

En una reacción producto del miedo empecé a nadar con más fuerza hacia la costa. Pero en seguida me detuve. Estúpido, estúpido, nadar solo, tan lejos de la playa y dejarse llevar por el pánico. Un error detrás de otro. Lo que debía hacer era calmarme, quedarme flotando y ver si con suerte alguien, alguna barca aparecía por allí. Pero pasaba el tiempo, no se veía a nadie y empecé a pensar que ahí se iba a acabar la historia.

Cuando la chica asomó la cabeza fuera del agua un par de metros ante mí me dio un buen susto. No sabía de dónde había salido y mi primera impresión fue que se trataba de algún animal marino.

—¿Cómo estás?— me gritó.

Por un momento creí que me saludaba, tal era mi desconcierto. No. Me preguntaba por mi estado, allí perdido, en medio del mar.

—Bien pero muy cansado.

Se acercó. Recuerdo detalles sueltos. Pelo muy corto, gafas de natación, piel muy tostada por el sol, un bañador rojo. Parecía de constitución fuerte. Y un detalle onírico: llevaba un Seamaster en la muñeca izquierda.

—¿Puedes nadar?— preguntó.
—Creo que sí.
—Mejor, porque no creo que pueda arrastrarte. Escúchame bien. Vamos a nadar juntos. Nada muy, muy despacio. Si te cansas para un par de minutos, ponte boca arriba, echa la cabeza hacia atrás. La boca siempre fuera del agua. ¿Preparado?


Cuando vio que yo me orientaba hacia la playa me gritó:

—¡No, no, a la playa no, vamos hacia el faro!— El faro estaba mucho más lejos y más hacia el norte que la playa. Vio que yo iba a decir algo pero me interrumpió:

—Las corrientes, las corrientes. Tu nada hacia el faro, concéntrate en el faro.

Empezamos a nadar hacia el pequeño cabo donde sobresalía el faro con su torre pintada de bandas blancas y negras. Nadábamos despacio, yo marcaba un ritmo lento que podía sostener sin demasiado esfuerzo. Hice lo que suelo hacer para mantener la cadencia. Tararear mentalmente una canción que se acople al ritmo.

…I have loved you for a thousand years
I'll love you for a thousand more…


Cuando cogía aire por la derecha, por donde nadaba ella, podía verla como en fotogramas sueltos. Era muy alta, con el tipo de anatomía que moldea la natación intensiva. Avanzaba sin esfuerzo aparente, respirando de forma alterna por los dos lados, sin apenas agitar el agua, desplazándola como la proa de un destructor.

Empecé a notar como si tuviera los pies metidos en un cubo de agua helada. Tenía frío en la nuca. Me detuve y me quedé flotando. Ella avanzó un par de brazadas y se dio la vuelta.

—Me estoy quedando frío.
—No te detengas, tienes que aguantar y seguir moviéndote, aunque sea despacio. Mira, ya estamos muy cerca.


Miré hacia el faro y vi que tenía razón. Ahora lo veía mucho más cercano. Seguramente alguna corriente nos empujaba. Me dispuse a continuar pero entonces oi un estruendo y el mar se llenó de espuma a mi alrededor. Había algo sobre nosotros. Levanté la vista. Era un helicóptero inmóvil veinte metros por encima de nuestras cabezas. Cuando aun estaba sorprendido, apareció a nuestro lado una zodiac roja bastante grande donde se veía a tres hombres. Dos de ellos me cogieron uno por cada brazo y me sacaron del agua de un tirón. Y por la borda contraria subieron a la chica. Nos quitaron los bañadores sin contemplaciones y nos envolvieron en lo que parecía una manta de plástico de tacto extrañamente templado.

—¿Has tragado agua?— me preguntó uno de ellos.
—No, no, sólo estoy cansado.


Sacó de una pequeña nevera lo que parecía un rotulador y me lo clavó en un hombro.

—Es para la hipotermia. Verás que bien te sientes— Me acercó un termo. —Bebe esto. Es café con leche. Está un poco caliente.

Lo probé y no sabía a café. Seguramente tenía sal en la boca. Y tampoco estaba caliente.

Tumbados sobre el fondo de la embarcación, envueltos en aquellas mantas, la chica y yo parecíamos un par de rollitos de primavera. Se cruzaron nuestras miradas, la suya seria e inexpresiva, yo demasiado cansado para pensar qué cara poner o qué decir.

Cuando llegamos a la playa junto al faro había un despliegue de vehículos iluminados en representación de todos los servicios de emergencia conocidos. Nos pasaron a sendas camillas, a pesar de mi intento de ponerme de pie. No sé qué me habían inyectado pero para entonces me sentía como para volver a echarme al agua.

En el hospital me dijeron que sólo querían tenerme en observación, hidratarme con suero y esperar a que se me pasase el efecto de la inyección. Y así, al cabo de unas horas me dieron el alta. Me sugirieron pasar la noche en el hospital para mayor seguridad pero preferí marcharme.

Me llevaron hasta la puerta en una silla de ruedas y al pasar por la entrada pregunté a la enfermera de recepción por la chica.

—Está muy bien. Le dieron el alta y se fue a casa.

Pregunté quién era pero me dijeron que no podían darme información personal de los pacientes.

Quería tener tiempo para pensar en todas las preguntas sin respuesta, ¿cómo me encontró en medio del mar? ¿cómo es que llegaron tan pronto los guardacostas? Pero cuando salí del hospital había ya gente esperándome y no pude pensar mucho más.


*     *     *
 

En los días que siguieron pregunté por la chica aquí y allá y lo único que recibí fueron respuestas confusas. Algunos decían conocerla, sabían dónde vivía, parece que estaba pasando unas vacaciones en una casa del pueblo. Pero en la casa no había nadie que respondiera a su descripción. Otros decían que nunca la habían visto. Al final recurrí a la policía local. Expliqué que quería al menos darle las gracias ya que me había salvado la vida. Pero lo que me dijeron terminó por confundirme.

La policía había tratado también de localizarla para hacer un informe del incidente y lo que se habían encontrado es que la chica había desaparecido y que estaba reclamada por la Interpol acusada del asesinato de su marido.

Mi sorpresa fue mayúscula. Todo aquello parecía sacado de una novela de misterio barata. Di por sentado que nunca sabría nada más de ella. Y entonces pregunté, tenía que hacerlo:

—¿Y se sabe cómo murió su marido?

Broken Wing



Because maybe, you're gonna be the one that saves me

Cosas que hice cuando estaba vivo.

Llegaste en un atardecer, como un cuervo con un ala rota, como en la canción…

No sabía qué hacer, no sabía cómo debía tratarte. Desconfiabas de la gente, como suelen hacerlo los animales salvajes, seguramente con razón. ¿Cómo explicar que sólo quería curarte, que no era una amenaza? Tu instinto de huir era más fuerte que el dolor de tus heridas. Pero al final cediste al agotamiento —que sea lo que tenga que ser— parecías pensar —ya no tengo más fuerzas…

Te fuiste recuperando, cada día más fuerte, también con algo más de confianza en mí, pero manteniendo siempre esa distancia con la gente que no te había tratado bien, gente de la que seguramente, ya nunca te volverías a fiar.

Y una mañana, ya no estabas. Continuaste el viaje, si es que de un viaje se trataba, y sólo quedó la sensación, cada vez más difusa, de tu paso por mi refugio.

Y pasó el tiempo, y se perdió tu memoria y tu rastro desapareció.

Y ahora, de pronto, a través del espacio y del tiempo, me llega la noticia de que ya no estás. Te abatieron por segunda vez, esta definitiva, y ya no volviste a remontar el vuelo. Los recuerdos acuden a la llamada y vuelvo a verlo todo como si fuese ayer.

  

Miro por el retrovisor y veo el Focke-Wulf a pocos metros detrás de mi cola. Hago toda clase de maniobras intentando desviarme de su trayectoria pero en vano. Es un buen piloto. Está tán cerca que no me puede encuadrar en su colimador de tiro. Levanta el morro para frenar y se aleja lo suficiente para apuntarme. Veo las llamaradas en sus cañones de 20 milímetros y oigo las secas detonaciones de los disparos. Siento como si estuvieran golpeando mi fuselaje con un martillo. Son los impactos. El cristal de la cabina se tiñe de negro. Escapes de aceite y de glicol. Pierdo la visión. Sale fuego por debajo del panel. Veo a los lados cómo las alas se pliegan y se desprenden con un crujido de madera astillada. La aceleración es tán fuerte que no puedo soltar el arnés. Entro en una caída libre en espiral. Se que es el fin.

  

Y en este mundo de sombras por donde me muevo, quiero creer que vagas, aunque no se dónde. Aquí apenas nos comunicamos unos con otros. Nos cruzamos ignorándonos como si no quisiéramos recordar, tratando de borrar a un tiempo lo que fue y lo que pudo haber sido.

Creo que andas por aquí, y que te he perdido otra vez, porque nuestra memoria se va debilitando y ya apenas te reconocería, pájaro errante, pájaro herido, abatido de nuevo, perdido para siempre.

Last Chance Gas Station

 

…if you dare come a little closer
 
 
Cosas que hice cuando estaba vivo.
 
El demiurgo que pone orden en todas las cosas hizo que le asignaran a Celia una mesa contigua a la mía.
 
Era una mesa caótica. Celia era desordenada, prefería los manuales en papel, al contrario que los novatos, que usaban CDs y memorias flash. Si trabajara por libre sería de los que tienen en una estantería a la vista una edición del Aranzadi.
 
Eras las cinco y media de un viernes. La mayoría se apresuraba a cerrarlo todo y salir corriendo. Excepto algunos, yo entre ellos, que no tenían prisa por volver a casa, o no tenían a nadie que les estuviera esperando. O simplemente preferían dejar todos los asuntos liquidados, en vez que tener que encararlos el lunes a primera hora.
 
Me acerqué a la mesa de Celia. Recogía cosas a toda prisa. Se marchaba para una asignación de varios meses. No volvería hasta después del verano.
 
Me senté en el borde de su mesa, en lo que pretendí que fuera un gesto desenfadado y casual. Me apoyé en una carpeta que sobresalía, y todo cedió y saltó por los aires. Los manuales, cuadernos, carpetas, folios sueltos, el ratón inalámbrico, el cubito lleno de lápices, una caja de kleenex, el móvil… La taza que le regalamos en su primer año con nosotros (con el logotipo y la leyenda «abandonad toda esperanza») también voló, aunque tuvo la suerte de caer sobre uno de los gruesos manuales y sobrevivir al rebote.
 
— ¿Ves para lo que sirven los manuales?— Comprobó que el móvil funcionaba. First things first.
 
Empecé a improvisar excusas, deja, deja, ya te lo recojo yo, aquello era un desastre.
 
Y de pronto nos encontramos los dos a cuatro patas, bajo su mesa, recogiéndolo todo de cualquier forma. Estábamos muy cerca. Notaba su respiración en mi cara, y un aroma extraño en el que predominaba el olor a canela, quizá un perfume… y con menor intensidad, algo que parecía el aromatizante que suelen añadir a los detergentes.
 
Allí estaba yo, a cuatro patas y olfateando, como un sabueso. Alzamos el rostro a la vez y quedamos a escasos centímetros, algo turbados por la extraña situación. No pude remediarlo:
 
—Nunca hemos estado en esta posición ¿verdad?
 
Nos dio la risa floja y se nos empezaron a caer las cosas.
 
—Tengo prisa, no hagas el tonto.
—Bien, bien, vamos a recogerlo todo.
 
Dejamos caer todos los trastos sobre la mesa formando un montón.
 
—Voy a ordenarlo un poco…
—No, no, déjalo así. Así se va a quedar hasta que vuelva.
 
Se alejó, y de pronto empecé a verlo todo a cámara lenta, aunque sus movimientos eran rápidos. Las imágenes parecían fragmentadas en fotogramas separados, slow motion, y mi mente paralizada incapaz de hacer nada más que observar, como si fuera una película, como el tío de Matrix esquivando las balas.
 
Con la mano izquierda cogió la chaqueta de cuero del perchero, metió el brazo derecho en la manga, y con esa mano cogió la pequeña mochila. Salió hacia la puerta mientras levantaba el puño izquierdo gritando «Pronto amanecerá, tovarich», jaleada por los que quedaban por allí.
 
Con mi habitual falta de reflejos, fui al perchero. No estaba mi abrigo. Perdí un tiempo precioso buscándolo y al final corrí al ascensor sin él. La cabina estaba repleta. Me tocó apretujarme con una compañera, que observó: «Tienes algo en la chaqueta, parecen restos de afilar lápices». En efecto, así era, pero lo que yo quería era tiempo para pensar, tiempo para pensar.
 
Me encontré en la calle. Hacía frío. Ya no era invierno, pero la primavera se hacía de rogar. Entré en la tienda de complementos —accessories, como decían las canadienses— que estaba en el bajo de nuestro edificio. Complementos. Celia había comentado que quería comprar algo antes de irse. La tienda estaba llena de gente, me abrí paso entre los expositores, pero Celia no estaba allí. Volví a la calle. Me quedé paralizado. Los viandantes chocaban conmigo. Avancé hasta el Starbucks, pero tampoco esperaba que estuviera allí, no era su sitio.
 
El demiurgo que pone orden en todas las cosas estaba considerando borrarme de su lista, por inútil.
 
Regresé despacio a la oficina. Tengo que encontrar el abrigo o cogeré un resfriado. Continuaría mi vuelta al mundo en solitario, round and around and around, una cierta sensación de ligereza, tán libre, pero tán solo. Pero tán libre.


Kalashnikov



I love rhymin, it's more than a job it's a passion
More than plaques, advances or sponsored fashion
It's a culture, not to be toyed with so the boy spit
rhymes that make your mind go 'Eww' like the smell of boiled shit
 
Cosas que hice cuando estaba vivo.
 
Solía ir a sitios raros. Hay algunas cosas a tener en cuenta cuando se viaja. Cuando se viaja en serio. Quiero decir, no una semana en Praga o en París, sino un mes en un lugar algo más lejano, uno de esos en que la escritura es irreconocible, el régimen político es dudoso y las costumbre locales diferentes. Estoy usando eufemismos.
 
Por allí las autoridades tiene siempre un resentimiento global hacia la gente del primer mundo. Hay que ser especialmente cuidadosos. Algunas reglas básicas.
 
No te rías nunca en presencia de alguien de uniforme. Pensará —aunque no sea así— que te estás riendo de él, y las consecuencias pueden ser terribles. Como desconoces la cultura local, nunca sabrás si esa persona de uniforme es un militar, un policía, un guerrillero, o el portero del hotel. Ponte en el caso peor. Por allí no sólo no hay libro de reclamaciones, sino que te puedes encontrar esposado en una comisaría sin siquiera saber qué has hecho mal. Moraleja: Sonríe, pero no te rías.
 
Yo, por si acaso, cuando veo a uno de uniforme, me dirijo a él llamándole "officer", "commandant", "sir" etc. Y según las latitudes, sus equivalentes en francés. En todas partes chapurrean inglés o francés. No intentes usar el idioma local aunque creas conocer lo básico. Un error en ese terreno puede ser mortal.
 
En cierta ocasión, pasábamos a pie una frontera. Una larga cola, funcionarios lentos, calor infernal, turistas medio deshidratados. Cuando llegó mi turno hubo una pausa. Hora de comer, me explicó por señas el guardia del puesto de control. No dije nada. Sólo comentarios breves en francés. Sonriendo siempre. El muchacho llevaba un AK-47, y con el seguro quitado. Podía distinguirlo claramente. Cosas que se aprenden viajando.
                                       
—Mucho trabajo ¿eh? Cuánto turismo— las manos siempre a la  vista. —¿Quiere un cigarrillo, oficial?— Hay que hacerse de menos, nunca ostentación. —Le advierto que el tabaco en mi pais es muy malo. ¿Que soy rico? Qué va. He tenido que ahorrar todo el año para poder visitar su precioso pais— El chico del AK-47 se fuma su Fortuna y al menos saca el dedo del gatillo. —Ah ¿ya podemos pasar? Muchas gracias comandante. Que tenga un buen día.
 
Detrás nuestro vienen las dos parejas que nos han estado dando el coñazo todo el viaje. Quejándose por todo y haciendo continuas comparaciones de todo lo que veían con su pueblo natal. Seguramente dos parejas de recién casados que no han ido más allá de Ibiza. Y a uno de ellos —gracioso de profesión— se le ocurre hacer un comentario sobre el guardia fronterizo. Los demás se parten de risa. Otra recomendación: En un pais extranjero nunca des por supuesto que no entienden lo que dices. En efecto, el guardia no entiende, pero identifica sin dudarlo el tono y el carácter del comentario. Les indica con un gesto que se aparten de la fila. Coge los pasaportes de los cuatro y desaparece. Me miran con gesto de desesperación. Yo estoy ya al otro lado del control. Y no conocen más idioma que el suyo materno. Experimento un culpable sentimiento de venganza. Les hago un gesto de "tranquilos".
 
Me cruzo con el guardia fronterizo (Por dios, apunta para otro lado con el puto fusil). Le comento como de pasada —¿Qué pasa, tienen algún problema?— Me mira y sonríe.
 
—Les voy a tener una hora esperando.
—Reténgalos dos horas, no tenemos prisa.

Simultaneidad


Then you love a little wild one
And she brings you only sorrow
All the time you know she's smilin'
You'll be on your knees tomorrow
 
Cosas que hice cuando estaba vivo.

Solía rastrear internet en busca de pistas del pasado. Lo escrito en internet persiste, más aun que las pinturas rupestres. Los restos se propagan, se multiplican, y a la larga, sobreviven en algún rincón de la red.

Y allí te encuentro. Y descubro, con un leve sobresalto que la referencia es de 2010. Me detengo un instante para recordar cómo era, dónde estaba yo en 2010, las cosas que escribía en aquel tiempo, en aquel blog.

En aquellos días mi vida circulaba por un valle extraño, y mientras, tú ibas por otro camino, igual de raro, el que encuentro ahora en internet. Y ninguno de los dos sabíamos de la existencia del otro en aquel momento.

Y al ver nuestros pasados simultáneos, nuestra sincronicidad pretérita, noto una ligera tristeza como la que se experimenta al leer sobre una historia ocurrida tiempo atrás, como si fueras un personaje histórico, como si todo ello fuera parte de una biografía caducada, de un tiempo irrecuperable.

¿Cómo no me di cuenta entonces? Tendría que haber notado algo, alguien que me sigue, algo que me observa, una luz que viene del futuro y me atraviesa haciéndome temblar.

No hubo nada, no sentí nada, todo transcurría con normalidad, rutina de 2010. Y ahora, años después, descubro que hubo una conjunción, un cruce inadvertido, estuvimos ahí sin saberlo, hasta puede que coincidiéramos en el parque, bajo el arco, o en el memorial de Lafayette.

Y siento esa conocida sensación de pérdida, esa que vivo cada vez que me encuentro con lo que pudo haber sido, cada vez que el tiempo, ese parámetro anómalo que no admite cambios de signo en las ecuaciones relativistas, me muestra su rostro sonriente, y me dice con su habitual ironía: «¿No eres físico? Pues ya tendrías que saberlo, así es como funciona todo esto.»

post mortem



Do you still see me even here?
The silver cord lies on the ground.

El médico me despidió cortesmente, pero con esa sequedad propia de los médicos que yo atribuyo a su necesidad de distanciamiento, de defenderse ante la presencia constante del dolor y la muerte.

—Ha tenido mucha suerte— dijo. —Si se hubiera quedado en casa en vez de ocurrírsele pasar por Urgencias, seguramente ahora estaría muerto.

Mi ingreso había tenido lugar tres semanas atrás y en efecto, fue por azar que decidí ir al hospital, ya que los síntomas parecían del todo banales.

Así que me había salvado por los pelos. ¿O no? Porque una idea perturbadora, casi paranoica, de la que no consigo librarme, me dice que aquella tarde no conseguí salir adelante. Realmente morí, y todo esto, todo esto, es sólo lo que viene después.

Después de morir no hay nada, o eso pensaba yo. Desde luego no creo en ninguna de las versiones del Más Allá al uso en nuestra cultura. Pero ¿y si apenas notásemos la diferencia? Quizá lo que pasa es que nos morimos, nuestra vida parece continuar, pero resulta que ya hemos atravesado el umbral. ¿Y si fuera así? En ese caso, todo esto es mundo de ultratumba. Nada muy espectacular, tan cotidiano y a veces tan aburrido como lo era antes. Pero me siguen gustando algunas de las cosas que me gustaban en vida, y que no voy a mencionar. Será que no estoy tan muerto. O como digo, que no hay gran diferencia entre estar vivo o muerto. Ello explicaría por qué hay tánta gente que parece tener la cabeza hueca. ¡Es eso! Lo que les pasa es que están muertos y no se han dado cuenta, como en El sexto sentido. Ahora casi me dan lástima. Ya sabéis a quiénes me refiero. Están por todas partes. Sí, también ese.

Anotaré aquí algunas cosas que puedan quedar por escrito en caso de que mi memoria se desvanezca. Bienvenidos al mundo de las tinieblas. Aunque por lo que veo, aquí también hay bombillas de bajo consumo. Literatura post mortem. Cosas que hice cuando estaba vivo.